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Mariana gustaba de enseñar sus artes y me monto cuál salvaje amazona hasta que el semental ya no pudo por más contener su yo, y entre espasmos de placer que azotaban todo su cuerpo, sintió tan próxima la vida como pueda sentirse en un acto tan humano como pacer con semejante hembra, sintiendo las redondas nalgas rozando mis testículos y sus grandes pechos aplastados contra mi rostro, un momento que uno nunca debería olvidar.
Abatido, derrotado, abducido, supe más de la misteriosa y joven dama que me acompañaba, hasta que la siempre maldita y bendita tentación nos llevó de nuevo a copular, en esta ocasión como antaño debíamos sorprender a las hembras mientras bebían en el río, graciosos espejos mostraban nuestro ir y venir y... otra vez la visión de los pechos de Mariana, y después un tiempo que no sabría decir cuanto fue, me encontré otrora ella estirada boca abajo y yo penetrándola y empujando con todo mi ser, aprisionándola entre mis caderas y la cama, gimiendo de placer y más placer...acabando exhaustos todavía uno dentro del otro, resollando, embriagados...

Acudimos a la ducha fresca y curadora en que la tentación en esta ocasión nos hizo sufrir por contención, tal vez por precaución...”
Era pasada la hora de comer y Mariana aceptó su invitación, después del quebrantador ejercicio, se estimulan otras necesidades vitales como la alimentación. Se regalaron una comida tranquila y agradable con buenos vinos, buenas carnes y buena conversación.
Una tarde de verano preludio del otoño próximo les acompañaría por sus senderos que ya se separaron. Esperando que Mariana catedrática de su universidad, gustara de nuevo en confluir con él en otro reposo del viajero incansable del placer más vil. Terrenal.
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