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Agradecí la ducha refrescante que tomamos juntos y poder acariciar suavemente entre los resbaladizos ríos de jabón sus maravillosos pechos, y su comedida cintura, sus caderas algo pronunciadas...la palma de mi mano buscaba su monte de Venus mientras mis dedos como uno solo jugueteaban con los sutiles pliegues de su sexo... La fuerte excitación que sentía en aquél momento no podía pasar desapercibida y Mariana aprovechó para realizar una suave limpieza, que gracias a la maravillosa viscosidad del jabón y las pequeñas presiones contra su bajovientre empujaban la libido rápidamente hacia estadios superiores...que las esponjosas toallas tuvieron a bien mantener...
Nos recostamos y Mariana, interina de postgrado, dibujaba caricias suaves mientras introducía mi pene en su boca, lamía y chupaba mi falo en estado máximo de excitación. Que momentos aquellos, cuando desearías parar el tiempo, y que el placer que poco a poco te invade no cese de fluir, y más que habría de vivir con tan dulce dama. Luego, no pude por más deleitarme con tan sabrosos pechos, una auténtica obra divina, al final que más da si es obra de la naturaleza o del hombre si el deleite es el mismo y viene de la naturaleza más primitiva de los hombres. Sus grandes pechos coronados por los maravillosos pezones pedían más y más caricias, más besos, más profundas succiones, todo lo que daba de sí mi boca, como una boa constrictor engulle su presa.

Retozando y engulliendo llegó al esperado momento en que pude apostarme entre sus piernas y empezar a besar mimosa y cándidamente los pétalos de su sexo que se abrían. Mientras, adivinaba el gracioso y vivo órgano de placer que me aposté a besar con tanta avaricia como precaución, y así lo rozaba con mis labios y mi lengua. Mariana profesora de postgrado animaba nuestro deseo con palabras dulces y pecaminosas susurradas al aire. Su sexo femenino realmente precioso lo ofrecía generosamente y sin apenas pudor, para suerte de su consorte. Aunque nunca hubiera abandonado tan delicioso manjar mi instinto más viril me empujo a montarla y penetrarla en el baile del macho enloquecido pero que aún sabe contenerse para alargar lo más posible lo mejor del placer del sexo: el preludio de lo que sabemos ha de venir y ha de cumplir con la misión para la cual existe el sexo entre mujer y hombre.


