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Ella nos recoge al principio, al salir de la ducha, con nuestra sensación vergonzosa ante la fragilidad desnuda, se arrodilla ante nosotros, nos acaricia, nos besa – besos, muchos besos -, y poco a poco hace de nosotros el hombre que deberíamos ser. En ella ya no vemos a la niña hecha mujer que nos intimida por nuestros muchos años sino que se convierte en la gata que nos va a dar lametones de sensualidad y caricias de terciopelo para restituirnos la autoestima que la vida tan precaria nos maltrata a cada instante.
Con ella todo es virtual, los besos, las caricias, los abrazos, los sentidos perdidos, la respiración jadeante. Besos robados, caricias prestadas, suspiros imaginados. Soñar, imaginar, arremeter, apretar, comer, morder, arañar, reír, jadear y sudar, hasta querer morir dentro de ella.
Sólo la explosión final, retardada por ella, nos devuelve a la realidad. A la maldición de no poder besar ya su boca, a la perdición de sus pechos de moza, a las penalidades de quitar el estorbo, a la rendición incondicional que nos toca.
Morir, sufrir, penar, tal vez llorar lo que uno no puede llevarse a casa para disfrutar a placer sin prisas y sin pausas. Pero hay que afrontar esos momentos de debilidad en que uno se quiere desbordar en agradecimientos y le daría el oro que no tiene y los besos verdes del futuro que todavía no han madurado.

Eso es lo que siento yo con Araceli después de haberse apoderado de mi entendimiento y mi voluntad porque me ha transportado al éxtasis del placer y luego me ha dejado caer a su lado exhausto, sudoroso, jadeante, tratando de recuperar la respiración para poder hablar y expresar verbalmente lo que mis ojos gritan: Don´t take my breath away – no me quites mi respiración -, que canta Jessica Simpson en la radio. Estoy muerto, rendido, entregado, tratando de recuperar el aliento y los sentidos para poder expresarle el agradecimiento que sus desvelos y entrega merecen.
Pero enseguida todo recobra la normalidad abrumadora de la tarde en esta vida tan apresurada. Los coches en la calle comienzan a pitar y tenemos que darnos cuenta que no es por nosotros. Nosotros hemos estado apartados del mundo material volando tras las piernas de Araceli y aterrizando de golpe ante la sonrisa más agradecida que hemos visto nunca en la carita más preciosa.


