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Mi erección seguía luchando por romper mi calzón y se estrellaba contra sus caderas, hasta que ambos en un movimiento coordinado nos liberamos ambos de la última prensa que nos cubría y mi miembro apareció en todo su esplendor para restregarse contra su vientre acogedor y bajar lentamente hasta acoplarse con mimo entre sus piernas.
Nuestros cuerpos se estremecían, nuestras bocas luchaban por devorarse y nuestras manos entrelazadas nos mantenían desprotegidos en aquella lucha despiadada por disfrutar con plenitud del otro, sin pausa, sin medida y sin tregua. Las posiciones se intercambiaban y la situaban a ella encima mío según un baile concertado de nuestros cuerpos a través de aquella cama descomunal que estaba siendo nuestra cómplice en el derroche de los sentidos a que nos estábamos abandonando.
La búsqueda de las partes más sensibles nos llevó a intercambiar nuestras orientaciones para poder disfrutar y acariciar las partes íntimas del otro con lujuria y con pasión. En aquella postura yo podía disfrutar de su sexo y lo acariciaba con mi lengua, pausadamente, con fruición y glotonería, mientras ella, extendida sobre mí, se estremecía y mantenía con dificultad mi miembro entre sus labios, Mis caricias, suaves pero inmisericordes, no le permitían mantener la atención requerida y, tras unos minutos de labor serena, la llevaron a explotar sobre mi cara en una sucesión inacabada de convulsiones mientras me suplicaba que interrumpiese mis caricias parsimoniosas pero estremecedoras.
Cuando pudo recobrar el resuello sobre mis piernas, me apretó la cara entre las suyas en señal de agradecimiento y de nuevo volvió a acariciar mi miembro succionándolo sin piedad, recorriéndolo en su integridad y deteniéndose al final donde yo lo notaba a punto de estallar. En un movimiento coordinado de su cuerpo y sus manos se proveyó de un preservativo y con dulzura y la suavidad experimentada de sus labios me lo enfundó para irse después a recostar sobre la almohada mientras me decía, acompañando el gesto con sus brazos acogedores y la mejor de sus sonrisas: “ven, poséeme”.
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