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Con los ojos vidriosos y el estómago sobrecogido, deposité las copas que nos habían servido de excusa para acercarnos y cogí su mano mientras con la otra acariciaba sus mejillas. Tenía una tez suave de color moreno a juego con su pelo negro azabache y unos ojos insinuantes y negros como la noche. Al acercar los dedos a sus labios, ella los empezó a besar, aunque dejaba que acariciasen sus labios, y terminó mordisqueándolos con una sonrisa maliciosa que me invitó a acercarla hacia mí apoyando la otra mano en su cadera.
Entonces pude sentir la plenitud de su cuerpo pegado al mío y notar la turgencia de sus pechos y la inmensidad de sus labios sellando los míos. Carnosos, maliciosos, sensuales y provocativos.
El vestido medio caído en uno de sus hombros empezaba a mostrar uno de sus pechos y al separarnos un momento, ella lo dejó caer para mostrarlo en su magnificencia. Era de tamaño mediano, turgente, altivo y tenía una aureola muy oscura y de tamaño regular. Su pezón erecto demostraba haber acogido con grandeza este primer acercamiento.
Después de contemplarlo embobado empecé a besar su cuello y lentamente fui bajando hasta recorrer su pecho y llegar al perfecto botón. Ella daba muestras de placidez y mesaba mis cabellos agradeciendo la atención que le prestaba a sus partes erógenas. Sus labios permanecían entreabiertos, la cabeza hacia arriba y se dejaba hacer con placidez, sin dejar escapar de su boca ningún falso gemido.
Sólo había empezado a saborear sus primeras mieles y ya me sentía extasiado, descolocado, borracho de sensualidad y avaricia. En un gesto de desmesura hizo caer la camisa a los lados de mis brazos y empezó a besarme el pecho y los pezones mientras ella dejaba caer su vestido al suelo y se quedaba sólo con las braguitas que cubrían su monte de Venus.
Los dos nos acercamos a la cama donde la ayude a recostarse para poder contemplar cómo se me ofrecía ya casi sin reparos. Ella, en un gesto de coquetería, echó su pelo hacia atrás, posó la cabeza en la almohada y esperó a que yo dejase de admirarla para acercarme a ella, situarme a su lado y empezar a recorrer todo su cuerpo con besos y caricias, pausados y golosos. Me recreaba en cada contorno de su figura desde los ojos, bajando por las mejillas, hasta los pechos y su abdomen, mientas mis manos completaban con la mayor suavidad la exploración pausada de su cuerpo.
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