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Ya hacía varios días que tenía el encargo de visitar a Dina y su imagen se había grabado en mi memoria. Su foto desnuda sobre la grava y el mar al fondo me obsesionaba y me sugería en ella una frescura que quizá por su edad ya no tenía. Aunque los años que anunciaba en su web eran el umbral a una madurez que sin duda ella afrontaba con total garantía.
Cuando hablé con ella para concertar la cita, su voz me recibió con una calidez que invitaba a fabular con la placidez del encuentro que me prometió iba a satisfacer todas mis expectativas. Todo lo que yo le propuse le pareció bien para el juego de seducción que quería desplegar conmigo.
El día de la cita me reservé toda la tarde libre para poder desarrollar todo el ceremonial que había imaginado y comprometido con ella. La comida en Casa Jacinto me trajo recuerdos de otras épocas en que la había frecuentado más y sus paredes me dieron recuerdos de otros ilustres visitantes que algún momento los habían visitado. La tarde soleada aunque fría me hizo desplegar mis pasos a lo largo de toda la Diagonal y recorrer junto al tranvía este boulevard de los sueños rotos siempre tan transitado.
Tenía prisa por llegar al nuevo domicilio de Dina pero, al mismo tiempo, necesitaba entretener la espera hasta que se hiciera la hora acordada. Todavía pude tomar un café a mitad del camino y fumarme otro cigarrillo hasta que el aviso de los diez minutos restantes para la hora acordada, me hicieron llamarla y recibir por su parte el número y el piso en que me esperaba.
Al llegar al piso ella ya me estaba esperando y se abrió la puerta y Dina en persona me hizo gestos de que entrara. Dos besos sellaron nuestro encuentro y ella me enseñó el apartamento que acaba de estrenar. Alabé su buen gusto y le agradecí la música chill out y las barras de incienso que estaban quemándose sobre una estantería.

Ella llevaba unos tejanos ajustados que contorneaban su espléndida figura y una blusa blanca entreabierta que dejaba entrever sus preciosos y turgentes pechos. Al ver cómo la recorría con mis ojos, ella se acercó y se estrechó contra mí mientras me dejaba que le acariciase sus muslos y la atrajese hacia mí para besarla. Sus labios carnosos sellaron los míos y me permitieron imaginar que todo lo que venía después iba a transcurrir de igual manera.
Enseguida deshicimos el abrazo y después de ayudarme, entre besos y caricias, en su habitación me ofreció una toalla para pasar a la ducha en le cuarto de baño junto a su habitación.
Al volver de la ducha a su habitación – ella me dijo que estaba recién duchada y no me acompañó -, se había despojado de las botas y el pantalón y llevaba la camisa desabrochada lo que permitía contemplar sus muslos bien torneados y sus pechos libres de ropajes. El pelo de media melena, como la recordaba yo de las fotos aunque quizás un poco más oscuro, le caía a los lados y le daba una sensualidad que invitaba a acariciarla y besarla otra vez.


